J.V., de 16 años, acude a la consulta por un posible fracaso escolar. Tras el estudio, la psicóloga concluye que las preocupaciones de J.V. no dejan que se centre en los estudios. Dichas preocupaciones surgen a partir de la separacion traumática de sus padres. El detonante de la separación fue la infelidelidad de su padre. J.V. incorpora a su vida la mentira, sin saberlo, ya que queda 'legalizada' cuando descubre la doble vida llevada por su padre desde hace años. J.V. está descentrada, y no encuentra normas ni límites que dirijan su vida. Entra y sale de casa cuando le apetece, estudia si quiere, ha empezado a fumar.... La psicóloga intenta, a través de varias sesiones, favorecer su autoestima, aportándole estrategias para que actúe de forma estable incluso frente a la inestabilidad de sus padres.
La posición que adopta J.V. es muy distinta a la de su hermano, que con 14 se ha convertido en un adolescente dominante y agresivo. No tolera la frustración, pretende asumir el mando de la casa, aunque ni su madre ni su hermana estén por la labor de cedérselo. M.V., el hermano, no es sujeto de tratamiento ya que la psicóloga sólo puede intervenir con menores con previa autorización de ambos padres, y en este caso el padre se niega a su intervención. Considera que, como es un chico, sabrá salir de esto (postura errónea, creo yo).
No solo los niños pequeños lo pasan mal con esta situación. En el caso de C.J., de 25 años, acude a la consulta para recibir orientación ya que se encuentra completamente deprimida. Tenía ya 20 años cuando sus padres se separaron. Ambos, como la veían ya muy mayor, decidieron contarle sus motivos y razones, y la intentaron hacer cómplice de cada uno de ellos. Cae en una depresión porque ambos quieren que declare,en un juicio, como testigo de uno, y ella se ve en una encrucijada, de la que no sabe como salir. Aún consciente de que no es la solución huir de los problemas, ha aceptado un trabajo en Amsterdam. La psicóloga le aconseja que antes de marchar deje  todo aclarado, hablando con uno y con otro y sin tomar partido por ninguno. La distancia suavizará un poquito la situación.
Esta es otra manera de " afrontar" una situación: huir, pero no es recomendable. La psicóloga le recomendó lo que yo también creo que es lo mejor: atar los cabos sueltos antes de marcharse, porque puede ser incluso bueno para ella poner tierra de por medio.

A.E., de 9 años, que le cuenta muy enfadado a la psicóloga y sin parar de removerse en el asiento (tiene un TDAH), que sus padres "se ponen verdes", hablan mal el uno del otro todo el tiempo, y él ha tomado la decisión de "hacerse el sordo". Sorprendida, escucho como la psicóloga le propone inventar un juego en el que a través de la relajación, "se mete en una bañera (imaginaria)" en la que deja todos los insultos que un progenitor dirige a otro, y se libera así de la ansiedad que le crean sus padres en esta situación. De ese modo, A.E.,y a través de varias sesiones aprende a ignorar, y a dejar a un lado aquello que le puede hacer daño. Además de las sesiones con el niño, la psicóloga interviene con los padres intentando hacerles entender lo importante que es que separen lo que piensan el uno del otro como pareja de sus funciones de padres. No deben hablar mal del otro ni permitir que lo haga nadie delante de su hijo.
Otro caso que me llamó mucho la atención fue el de J.P. (10 años), que le cuenta a la colegiada que está metida en un lío del que no sabe como salir. Sus padres, separados desde hace 4 años, pelean desde los judzgados por su custodia y la de su hermano. Se siente culpable porque cree que todo empezó cuando, intentando  quedar bien con todos, les dijo a ambos, a cada uno en su casa, que quería vivir con cada uno de ellos.
J.P. llora con amargura ya que se ve envuelta en problemas de adultos, sin saber como afrontarlos. Como se culpabiliza de la situación, y no lo exterioriza de modo alguno, tiene pesadillas y angustia frente a determinadas situaciones.
R.P., de 6 años, y hermano de J.P. se encuentra en la misma situación, pero la afronta de manera bien distinta: debido a su edad y a su caracter inquieto e investigador, le apetece vivir en un espacio amplio y con libertad, por lo que prefiere vivir en la casa del pueblo de su padre. Disfruta enormemente tanto en casa de su padre como en la de su madre, pero pone todos los impedimentos posibles cuando le toca marchar de la casa de su padre (llega a esconderse, a escapar, a montar rabietas para evitarlo).
Esto me invita a pensar en las diferentes formas de afrontar la misma situación que pueden llegar a tener dos personas que se han criado en el mismo ambiente, cada persona es distinta, nace distinta, con un caracter concreto y muy determinado.
Escuché el  caso de una pareja en trámites de separación, que acuden a la psicóloga buscando orientación para que el niño sufra lo menos posible cuando la separación se lleve a cabo. Es un caso raro porque la prevención todavía se ve como algo extraño, aunque me dice esta psicóloga que sería la forma de  que los niños no lleguen a las consultas después de la separación, y se evitarían, en muchos casos, fracasos escolares, que, a veces derivan de esta situación. Este es el caso de I.A., de 8 años de edad. Sus padres han decidido separarse simplemente por desgaste. La rutina, el aburrimiento, han acabado empobreciendo su relación. La psicóloga recomienda trasmitir al niño la decisión cuando sea algo definitivo, sin vuelta atrás; se lo deben de comunicar al niño los dos a la vez, sin reproches y respondiendo a todas las preguntas que pudieran surgir. No debe pasar mucho tiempo desde que se le comunica al niño hasta que la separación se lleva a cabo. El respeto y la educación entre los adultos hará que el niño vaya asumiendo poco a poco la nueva situación. En la medida en que los adultos se adapten bien, lo irá haciendo también su hija. En una separación hay un tiempo de duelo, como en una muerte, o como en cualquier pérdida. En muy poco tiempo se viven emociones de forma muy intensa, que los adultos deben de saber gestionar para ser referentes estables de sus hijos.
En este caso, la psicóloga no interviene directamente con la niña. Solo la verá pasado un tiempo, con el fin de supervisar cómo lo va asumiendo, cómo se van adaptando todos a su nueva vida.